miércoles, 8 de abril de 2009

MORADA AL SUR -Aurelio Arturo-



1

En las noches mestizas que subían de la hierba,

jóvenes caballos, sombras curvas, brillantes,

estremecían la tierra con su casco de bronce.

Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro.

Después, de entre grandes hojas, salía lento el mundo.

La ancha tierra siempre cubierta con pieles de soles.

(Reyes habían ardido, reinas blancas, blandas,

sepultadas dentro de árboles gemían aún en la espesura).

Miraba el paisaje, sus ojos verdes, cándidos.

Una vaca sola, llena de grandes manchas,

revolcada en la noche de luna, cuando la luna sesga,

es como el pájaro toche en la rama, "llamita", "manzana de miel".

El agua límpida, de vastos cielos, doméstica se arrulla.

Pero ya en la represa, salta la bella fuerza,

con majestad de vacada que rebasa los pastales.

Y un ala verde, tímida, levanta toda la llanura.

El viento viene, viene vestido de follajes,

y se detiene y duda ante las puertas grandes,

abiertas a las salas, a los patios, las trojes.

Y se duerme en el viejo portal donde el silencio

es un maduro gajo de fragantes nostalgias.

Al mediodía la luz fluye de esa naranja,

en el centro del patio que barrieron los criados.

(El más viejo de ellos en el suelo sentado,

su sueño, mosca zumbante sobre su frente lenta).

No todo era rudeza, un áureo hilo de ensueño

se enredaba en la pulpa de mis encantamientos.

Y si al norte el viejo bosque tiene un tic-tac profundo,

al sur el curvo viento trae franjas de aroma.

(Yo miro las montañas. Sobre los largos muslos

de la nodriza, el sueño me alarga los cabellos).

| 2

Y aquí principia, en este torso de árbol,

en este umbral pulido por tantos pasos muertos,

la casa grande entre sus frescos ramos.

En sus rincones ángeles de sombra y de secreto.

En esas cámaras yo vi la faz de la luz pura.

Pero cuando las sombras las poblaban de musgos,

allí, mimosa y cauta, ponía entre mis manos,

sus lunas más hermosas la noche de las fábulas.

&

Entre años, entre árboles, circuída

por un vuelo de pájaros, guirnalda cuidadosa,

casa grande, blanco muro, piedra y ricas maderas,

a la orilla de este verde tumbo, de este oleaje poderoso.

En el umbral de roble demoraba,

hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,

el alto grupo de hombres entre sombras oblicuas,

demoraba entre el humo lento alumbrado de remembranzas:

Oh voces manchadas del tenaz paisaje, llenas

del ruido de tan hermosos caballos que galopan bajo

asombrosas ramas.

Yo subí a las montañas, también hechas de sueños,

yo ascendí, yo subí a las montañas donde un grito

persiste entre las alas de palomas salvajes.

&

Te hablo de días circuídos por los más finos árboles:

te hablo de las vastas noches alumbradas

por una estrella de menta que enciende toda sangre:

te hablo de la sangre que canta como una gota solitaria

que cae eternamente en la sombra, encendida:

te hablo de un bosque extasiado que existe

sólo para el oído, y que en el fondo de las noches pulsa

violas, arpas, laúdes y lluvias sempiternas.

Te hablo también: entre maderas, entre resinas,

entre millares de hojas inquietas, de una sola hoja:

pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia,

hoja sola en que vibran los vientos que corrieron

por los bellos países donde el verde es de todos los colores

los vientos que cantaron por los países de Colombia.

Te hablo de noches dulces, junto a los manantiales, junto a los cielos,

que tiemblan temerosos entre alas azules:

te hablo de una voz que me es brisa constante,

en mi canción moviendo toda palabra mía,

como ese aliento que toda hoja mueve en el sur, tan dulcemente,

toda hoja, noche y día, suavemente en el sur.

| 3

En el umbral de roble demoraba,

hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,

un viento ya sin fuerza, un viento remansado

que repetía una yerba antigua, hasta el cansancio.

Y yo volvía, volvía por los largos recintos

que tardaba quince años en recorrer, volvía.

Y hacia la mitad de mi canto me detuve temblando,

temblando temeroso, con un pie en una cámara

hechizada, y el otro a la orilla del valle

donde hierve la noche estrellada, la noche

que arde vorazmente en una llama tácita.

Y a la mitad del camino de mi canto temblando

me detuve, y no tiembla entre sus alas rotas,

con tanta angustia, un ave que agoniza, cual pudo,

mi corazón luchando entre cielos atroces.

| 4

Duerme ahora en la cámara de la lanza rota en las batallas.

Manos de cera vuelan sobre tu frente donde murmuran

las abejas doradas de la fiebre, duerme.

El río sube por los arbustos, por las lianas, se acerca,

y su voz es tan vasta y su voz es tan llena.

Y le dices, repites: ¿Eres mi padre? Llenas el mundo

de tu aliento saludable, llenas la atmósfera.

-Soy el profundo río de los mantos suntuosos.

Duerme quince años fulgentes, la noche ya ha cosido

suavemente tus párpados, como dos hojas más, a su follaje negro.

&

No eran jardines. No eran atmósferas delirantes. Tú te acuerdas

de esa tierra protegida por un ala perpetua de palomas.

Tantas, tantas mujeres bellas, fuertes, no, no eran

brisas visibles, no eran aromas palpables, la luz que venía

con tan cambiantes trajes, entre linos, entre rosas ardientes.

¿Era tu dulce tierra cantando, tu carne milagrosa, tu sangre?

Todos los cedros callan, todos los robles callan.

Y junto al árbol rojo donde el cielo se posa,

hay un caballo negro con soles en las ancas,

y en cuyo ojo líquido habita una centella.

Hay un caballo, el mío, y oigo una voz que dice:

"Es el potro más bello en tierras de tu padre".

&

En el umbral gastado persiste un viento fiel,

repitiendo una sílaba que brilla por instantes.

Una hoja fina aún lleva su delgada frescura

de un extremo a otro extremo del año.

"Torna, torna a esta tierra donde es dulce la vida".

| 5

He escrito un viento, un soplo vivo

del viento entre fragancias, entre hierbas

mágicas; he narrado

el viento; sólo un poco de viento.

Noche, sombra hasta el fin, entre las secas

ramas, entre follajes, nidos rotos —entre años—

rebrillaban las lunas de cáscara de huevo,

las grandes lunas llenas de silencio y de espanto.

AURELIO ARTURO. Morada al Sur.

martes, 7 de abril de 2009

YO NO QUIERO MÁS LUZ QUE TU CUERPO ANTE EL MÍO -Miguel Hernández-



Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
claridad absoluta, transparencia redonda.
Limpidez cuya extraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda.

¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,
corazón de alborada, carnación matutina?
Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho.
Tu sangre es la mañana que jamás se termina.

No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol: todo ocaso.
Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
Tu insondable mirada nunca gira al poniente.

Claridad sin posible declinar. Suma esencia
del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia
acercando los astros más lejanos de lumbre.

Claro cuerpo moreno de calor fecundante.
Hierba negra el origen; hierba negra las sienes.
Trago negro los ojos, la mirada distante.
Día azul. Noche clara. Sombra clara que vienes.

Yo no quiero más luz que tu sombra dorada
donde brotan anillos de una hierba sombría.
En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada,
para siempre es de noche: para siempre es de día.

HERNÁNDEZ , Miguel. Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío. Poesía.

lunes, 6 de abril de 2009

LA ESPADA Y EL CAMINANTE -Esopo-


Caminando, cierto hombre halló una espada en el suelo, y preguntándole quién le había perdido, la espada respondió:

-Es verdad que a mí sólo me perdió uno, pero yo he perdido a muchos.

El malo a muchos daña, pero perece al fin.

ESOPO. La espada y el caminante. En Fábulas esópicas.

domingo, 5 de abril de 2009

LA LUNA -Diego Fallon-


Ya del Oriente en el confín profundo
la Luna aparta el nebuloso velo,
y leve sienta en el dormido mundo
su casto pie con virginal recelo.

Absorta allí la inmensidad saluda,
su faz humilde al cielo levantada;
y el hondo azul con elocuencia muda
orbes sin fin ofrece a su mirada.

Un lucero no más lleva por guía,
por himno funeral silencio santo,
por solo rumbo la región vacía,
y la insondable soledad por manto.

¡Cuán bella, oh Luna, a lo alto del espacio
por el turquí del éter lenta subes,
con ricas tintas de ópalo y topacio
franjando en torno tu dosel de nubes!

Cubre tu marcha grupo silencioso
de rizos copos, que tu lumbre tiñe;
y de la noche el iris vaporoso
la regia pompa de tu trono ciñe.

De allí desciende tu callada lumbre
y en argentinas gasas se despliega
de la nevada sierra por la cumbre,
y por los senos de la umbrosa vega.

Con sesgo rayo por la falda oscura
a largo trechos el follaje tocas,
y tu albo resplandor sobre la altura
en mármol torna las desnudas rocas;

O al pie del cerro do la roza humea,
con el matiz de la azucena bañas
el campanario blanco de la aldea
en su nido de sauces y cabañas.

Sierpes de plata el valle recorriendo,
vence a tu luz las fuentes y los ríos,
en sus brillantes roscas envolviendo
prados, florestas, chozas y plantíos.

Y yo en tu lumbre difundido, oh luna,
vuelvo al través de solitarias breñas
a los lejanos valles, do en su cuna
de umbrosos bosques y encumbradas peñas,

El lago del desierto reverbera,
adormecido, nítido, sereno,
sus montañas pintando en la ribera,
y el lujo de los cielos en su seno.

Oh! y estas son sus mágicas regiones,
donde la humana voz jamás se escucha,
laberintos de selvas y peñones
en que tu rayo con las sombras lucha;

Porque las sombras odian tu mirada;
hijas del caos, por el mundo errantes;
náufragos restos de la antigua Nada,
que en el mar de la luz vagan flotantes.

Tu lumbre, empero, entre el vapor fulgura,
luce del cerro en la áspera pendiente;
y a trechos ilumina en la espesura,
el ímpetu salvaje del torrente;

En luminosas perlas se liquida
cuando en la espuma del raudal retoza;
o con la fuente llora que perdida
entre la oscura soledad solloza.

En la mansión oculta de las Ninfas
hendiendo el bosque a penetrar alcanza,
y alumbra al pie de despeñadas linfas
de las Ondinas la nocturna danza.

A tu mirada suspendido el viento,
ni árbol ni flor en el desierto agita:
no hay en los seres voz ni movimiento;
el corazón del mundo no palpita...

Se acerca el centinela de la muerte:
¡He aquí el silencio! Sólo en su presencia
su propia desnudez el alma advierte,
su propia voz escucha la conciencia.

Y pienso aún y con pavor medito
que del silencio la insondable calma
de los sepulcros es tremendo grito
que no oye el cuerpo y estremece el alma.

Y a su muda señal la fantasía
rasgando altiva su mortal sudario
del infinito a la extensión sombría
remonta audaz el vuelo solitario.

Hasta el confín de los espacios hiende,
y desde allí contempla arrebatada
el piélago de mundos que se extiende
por el callado abismo de la Nada!...

El que vistió de nieve la alta sierra,
de oscuridad las selvas seculares,
de hielo el polo, de verdor la tierra
y de hondo azul los cielos y los mares,

Echó también sobre tu faz un velo,
templando tu fulgor para que el hombre
pueda los orbes numerar del cielo,
¡tiemble ante Dios y su poder le asombre!

Cruzo perdido el vasto firmamento,
a sumergirme torno entre mí mismo;
¡y se pierde otra vez mi pensamiento
de mi propia existencia en el abismo!

Delirios siento que mi mente aterran...
los Andes a lo lejos enlutados
pienso que son las tumbas do se encierran
las cenizas de mundos ya juzgados...

El último lucero en el Levante
asoma, y triste tu partida llora:
cayó de tu diadema ese diamante,
y adornará la frente de la aurora.

¡Oh Luna, adiós! Quisiera en mi despecho
el vil lenguaje maldecir del hombre,
que tantas emociones en su pecho
deja que broten y les niega un nombre.

Se agita mi alma, desespera y gime,
sintiéndose en la carne prisionera;
recuerda al verte su misión sublime,
y el frágil polvo sacudir quisiera.

Mas si del polvo libre se lanzara
esta que siento, imagen de Dios mismo,
para tender su vuelo no bastara
del firmamento el infinito abismo;

Porque esos astros, cuya luz desmaya,
ante el brillo del alma, hija del Cielo,
no son siquiera arenas de la playa
del mar que se abre a su futuro vuelo.

FALLON, Diego. La luna. Antología de la poesía colombiana.

sábado, 4 de abril de 2009

¡OH RUSEÑOR! -William Wordsworth-


¡Oh ruiseñor! Tú eres
de ardiente corazón:
tus notas nos penetran, nos penetran,
tumultuosa, indómita armonía.
Cantas como si el dios del vino
te dictara un mensaje de sátira amorosa:
una canción de burla y de desprecio
a la sombra, al rocío y a la noche callada
y a la ventura firme y a todos los amores
que descansan en esos tranquilos bosquecillos.
Escuché a una paloma torcaz, el mismo día,
cantando o recitando su doméstica historia.
Su voz se sepultaba entre los árboles
y en alas de la brisa me llegaba.
No cesaba jamás: arrullaba, arrullaba,
y era su cortejar un tanto pensativo.
Amor cantaba, muy mezclado en calma,
muy lento al empezar y sin acabar nunca:
la grave fe y el íntimo alborozo.
Ese es el canto, el canto para mí.

WORDSWORTH, William. ¡Oh ruiseñor! En Poemas.

viernes, 3 de abril de 2009

LAMENTACIÓN - Hermann Hesse -



Nos es negado ser.

O tan sólo somos corriente; dóciles fluimos en todas las formas:

a través del día y de la noche, a la cúpula y al antro,

nos empuja siempre la sed de ser.

Así vamos llenando forma tras forma sin descansar jamás:

ninguna se torna patria nuestra, por suerte o por desgracia.

Siempre venimos de camino, eternos viadores;

no nos llaman ni el campo ni el arado: no cosechamos pan.

¿Qué quiere de nosotros el Señor? Lo ignoramos.

El juega con nosotros y somos como arcilla entre sus manos,

callada y maleable, que no ríe ni llora.

Y Dios la amasa, sí, pero nunca la quema.

¡Quedar petrificado algún día! ¡Perdurar!

He ahí nuestras ansias, eternamente inquietas;

mas tras ellas no queda más que un temblor pequeño

que nunca llega a hacerse reposo en el camino.


HESSE, Hermann. Lamentación. En Poemas.

miércoles, 1 de abril de 2009

VIAJERO -Vicente Huidobro -


Qué clima es éste de arenas movedizas y fuera de su edad

Qué país de clamores y sombreros húmedos
En vigilancia de horizontes
Qué gran silencio por la tierra sin objeto
Preferida sólo de algunas palabras
Que ni siquiera cumplen su destino
No es cambiar la tristeza por una ventana o una flor razonable
Ni es un mar en vez de un recuerdo
Es una aspiración adentro de su noche
Es la vida con todas sus semillas
Explicándose sola y decorada como montaña que se despide
Es la lucha de las horas y las calles
Es el aliento de los árboles invadiendo las estrellas

Son los ríos derrochados
Es el hecho de ser amado y sangrar entre las alas
De tener carne y ojos hacia toda armonía
Y bogar de fondo a fondo entre fantasmas reducidos
Y volar como muertos en torno al campanario
Andar por el tiempo huérfano de sus soles
De sueño a realidad y realidad a visión enredada de noche
Y siempre en nombre en diálogo secreto
En salto de barreras siempre en hombre.

HUIDOBRO, Vicente. Viajero. En Poemas.