El camino a la montaña está oscuro, la tempestad abriga el silencio de la mente, ¿por qué despertar con la brisa interna, si el pensamiento eleva sus lamentos?
¿Por qué luchar al amanecer? La luz grisácea ilumina el silencio del soñador, la intimidad retumba en el horizonte, la conciencia vigila serena el paso
de los sueños, reflejos emanados del ser, los tesoros de la sombra en pensamientos comparten en el manantial un canto
de alegría que refleja en el espejo libertad. ¿Quién se mira esta noche en el oscuro sueño, lado oculto de la ensoñación?
Empieza un nuevo amanecer... La grisácea luz deviene y el trinar de los pájaros despierta al hombre.
El sol proyecta sus rayos esplendorosos. Los animales regocijados salen de sus guaridas.
El hombre está pensando en viajar, en soñar... Hubo un gran silencio en el recinto del alma. El hombre está saliendo a la búsqueda de su Isla Desconocida...
Un poema de amor hace sentir y vibrar el silencio del alma en la voz clamorosa de la conciencia angustiada y pensativa por la soledad.
Una palabra gime y pide a gritos andar, volar hacia la majestuosa cima, expresión de libertad y luz de vida, batalladora pluma frente a la soledad.
El sino misterioso abraza temeroso el vacío humano, una palabra emerge del propio encanto, del clamor astuto de la sedienta musa.
La fuerza impetuosa y radiante surge del interior, un pensamiento amoroso cuestiona el quehacer del solitario ser.
La danza del luchador en el silencio desborda en encuentro matutino, la risa solidaria transforma el espíritu del andariego participante de la imaginación.
El sol acaricia la frívola tez del soñador que escucha la viva voz del inocente niño, rueda viviente del sonreír.
Somos eternos vagabundos que miramos con extrañeza el sentido del amor y la esperanza en el juego del soñar en sí mismo.
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El amor, la esperanza, la libertad... caminos encantados para despertar...
Ésta es la canción del niño que soñaba
caminando por el salón penumbroso
de brisa lenta que estremecía sus pequeñas alas,
y oía, afuera, entre los árboles las arpas de la noche,
y voces ¿por qué tantas voces en el silencio?
Y cuando ya en el lecho su estrella descendía
y se quedaba temblando en un rincón como un sollozo,
el niño salía por la ventana como un pajarillo
pero su cuerpo muerto se estremecía en el sueño.
Y subía a las montañas y a la nieve lunar de las montañas.
Veía landas sin luna, desiertos acuáticos
y por fin hacia el final de las sombras,
una ciudad desierta, iluminada
y como en un relato de magnificencia y catástrofes,
por las calles un solemne cortejo: un asno
paso a paso y sobre su lomo entrañas humanas,
entrañas: gruesos rubíes y topacios.
Y termina la canción porque el gallo canta
y el sueño despierta el pequeño cadáver,
y llega el alba sobre sus yeguas blanca.
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La poesía en Aurelio Arturo es el reflejo de la vida, de la cotidianidad. La poesía es aprender a caminar con el sentido de las palabras. Es la visión del cosmos de un niño que está aprendiendo a soñar, a imaginar y a construir su edificio personal. Las imágenes soñadas son aquellas brisas leves que van dejando huella en la mente del infante.
La palabra es una canción que genera sentido y vibra musicalmente en el aletear imaginativo de nuestro quehacer en el aula interna y externa. La palabra posibilita entender las notas melodiosas del arpa de la naturaleza y la voz del silencio. El silencio habla y se deja cuestionar a sí mismo. El silencio es auto-reflexión.
El silencio es el camino reflexivo que interroga nuestro ser en trascendencia, es decir, el pensar en nuestro futuro. El silencio es el momento que nos permite indagar por nuestra realidad juvenil. El silencio es el verdadero amigo de concentración específica en el que escuchamos la voz interior - de nuestra conciencia -, una voz interior que nos impulsa a generar un cambio de actitud en nuestro quehacer cotidiano.
El silencio habla y genera ideas que descienden y posibilitan una salida a nuestra inquietante superficialidad. ¡Qué brillante idea! –nos dicen-. Sí, somos pajarillos que jugamos, reímos, cantamos, pensamos. Las ideas que brotan de nuestra mente nos hacen “estremecer en el sueño” generador y esclarecedor de nuevos significados. ¡Qué hermoso símil nos presenta Aurelio Arturo, el poeta!
El niño soñador vive en un presente eterno, “y subía a las montañas y a la nieve lunar de las montañas”. El niño vive fuera de sí – ideando - “un relato de magnificencia y catástrofes”, de novedades y riquezas en ese trajinar los caminos de la vida. El encanto de su visión inocente, temprana y carismática deja perplejo al adulto. La riqueza expresada en sus sueños contrasta con nuestro caminar cansino.
El niño es el personaje protagónico de la evidencia natural, el que despierta y ve el alba que lo conduce al encuentro de sí mismo, con un solemne cortejo de ideas. / Luis I. Rodríguez