El camino a la montaña está oscuro, la tempestad abriga el silencio de la mente, ¿por qué despertar con la brisa interna, si el pensamiento eleva sus lamentos?
¿Por qué luchar al amanecer? La luz grisácea ilumina el silencio del soñador, la intimidad retumba en el horizonte, la conciencia vigila serena el paso
de los sueños, reflejos emanados del ser, los tesoros de la sombra en pensamientos comparten en el manantial un canto
de alegría que refleja en el espejo libertad. ¿Quién se mira esta noche en el oscuro sueño, lado oculto de la ensoñación?
Gracias... Un pensamiento extiende sus alas de libertad. Un sentimiento proyecta su razón de ser, el sueño se hace realidad en el camino sereno hacia la Montaña en el pensar. Gracias... La palabra encuentra eco de sentidos en una poesía, un cuento o un pensamiento. La palabra fluye como el río en el mundo generando nuevas construcciones de ilusión. Gracias... El poeta ayuda a descubrir el sentido existencial, a descubrir en nosotros el goce natural, a engrandecer el valor de nuestra intimidad a la luz de contemplar la inmensidad. Gracias... Por entender la belleza de lo que somos, la intimidad se esclarece en el trascender, una luz guía al caminante en el peligroso camino hacia el jardín de la Montaña. Gracias... El niño busca la luz en la Montaña, el caminante está inquieto por las preguntas. El niño exige respuestas lógicas, el caminante narra un cuento de Ilusión. Gracias... ¡Dichoso el niño que posee sus soledades! ¡Dichoso el caminante que encuentra el camino! ¡Dicho el lector que encuentra una ilusión! ¡Dichoso el hombre que vive en Libertad!
La luz del día entra en el desfiladero, el sonido del mar corre por mis venas la brisa choca contra mi cuerpo y el hielo de la indiferencia desaparece.
Una tenue voz se escucha en la profundidad del desfiladero humano, un sonido, un grito, un hielo penetra la mirada vagabunda, la nieve de la montaña cae con alegría.
La vida irradia diafanidad matutina, las gotas de agua recorren el camino, una grieta calma la sed humana, la vida bulle bajo los témpanos de hielo.
Los espectros de luz alegran el camino cansino de un ermitaño, sus pasos borran la ansiedad y la nostalgia, una página se escribe con llanto de paz interior.
El camino de la montaña de hielo está florido de justicia y libertad anhelando la ruptura de la miseria humana, la voz del silencio grita existencia.
El mar late silencioso en el laberinto, el hombre rompe las cadenas de la guerra. El mundo anhela una constante transformación, el viento humano proyecta un cambio al interior.
Tus huellas, impactan en el silencio del alma, estremecen el interior de la conciencia en el constante peregrinar del pensamiento. Las peregrinas huellas suavizan la sensibilidad de los sentimientos en mudas palabras que proyectan la magia de la fantasía en un esbelto cuerpo celeste, dulce compañía al amanecer...
¡Qué ilusión se encamina hacia el lecho vacío y frío de un nuevo día!
Tus pensamientos son una fuerza imaginaria, perspectiva de un camino en la montaña, vaivén de una ondulación corporal, imagen reluciente de un símbolo de luz en el laberinto de la vida, encrucijada del árbol que sombrea su imagen escuchando el silencio de la noche que ofrece el cuerpo con sus ramas para ascender al césped vivencial de una ensoñación al amanecer...
¡Qué ilusión se permea en la fatiga al oír llorar el árbol pensante!
Me pregunto si todo árbol pensante puede escuchar el sonido de la naturaleza y la vibración del alma, cuando recorre la fúlgida noche y busca la paz interior...
¡Qué tristeza el árbol pensante no ha dejado huellas en su caminar!
Eres el astro de la vida sonriente, luz viva en la oscuridad viviente, abres la puerta del edificio personal
en el horizonte humano al natural.
Abres tu corazón a las ilusiones, cierres la nueva puerta a las cicatrices, la verdadera amistad es el sol naciente en el sendero de la montaña en el oriente.
Caminas de frente y sin sobresaltos con la fuerza de la rosa sin espantos, la mano se extiende en el abismo para rescatar la vida con optimismo. Tu amistad nace serena como el sol, construyendo edificios en el tornasol, una sonrisa clama una tierna mirada en el pensamiento alegre de una balada. Tu amistad brilla cual ráfaga viviente en la penumbra del medio ambiente, una antorcha se enciende en el horizonte como un pensamiento de amor resplandeciente.
& Tu pensamiento es la luz del sol, tu amistad es un encuentro de amor...
Caminaba en un paraje desértico y abrupto cuando escuché un eco de tu voz... Angustiado observé el horizonte, una sombra se alejaba al atardecer... Presurosamente traté de gritar, un nudo impidió el llamado desesperado... Levanté los pesados brazos clamando y una brisa gélida detuvo el caminar... Las manos anhelantes desearon una rosa, aroma estremecedor, antorcha del vivir... La soledad enmudeció los pensamientos y el silencio ahogó la imaginación... Un viento despertó la imagen sonora de aquella canción de niño, ilusión de verde esperanza... Mi cuerpo estaba petrificado, temblando de fatiga y ansiedad... La mirada perdida en el entorno, cuando la noche tendió sus rayos color seda... La penumbra extendió sus brazos y la llanura desolada acogió el silencio del humano... & La angustia descansa plácida en la gruta de la montaña...
Isidro Galavís, dueño de muchas tierras y de muchos indios, jinete en un caballo blanco que se llamaba Espuma, dio la orden de acampar.
Los indios y las mulas vieron que la luna llena aparecía como una ventana del cielo desde la cual los habitantes de las alturas contemplaban el bosque de cedros de clavel.
La carga que llevaban en sus lomos las bestias y los indios, fue colocada en las inmendiaciones de un tamarindo de mico.
Isidro Galavís se acercó al indio Sebastián Aroca y exclamó:
-Déle de beber a mi caballo y encárguese de que no le falte nada.
El indio tomó el animal de la brida y se fue tras un murmullo de agua que se perdía en la oscuridad.
El caballo avanzaba con el aspecto de un trapo blanco que hacía tremolar el viento. De pronto, desde la penumbra, saltó un frío resplandor. El caballo se levantó sobre sus cuartos traseros y sus manos se estremecieron por el espanto. Cayó blandamente sobre la hojarasca. Sus belfos se cubrieron con un granizo azul y sus ojos lentamente se borraron de la cara.
El indio gritó el nombre de Isidro Galavís. El potentado pronto estuvo a su lado.
-Se murió el caballo –musitó Aroca.
-¿Qué dice? –exclamó Galavís.
-Se lo llevó una víbora –dijo el indio.
Isidro Galavís dejó caer el látigo sobre las carnes de Aroca. El fuete producía un sonido cortante, como si una canción maligna se desatara una y otra vez desde una boca de hielo. Cuando se le cansó la mano, Galavís, acezante, dijo:
-Indio bruto. Usted mató a mi caballo.
-No fui yo, señor. Fue la serpiente –dijo Aroca.
-Cállese. Usted es una bestia –gritó Isidro Galavís.
Las nubes grises borraron la luna del cielo. Entre los cedros clavel estalló entonces un rebaño de candelillas.
-De ahora en adelante, usted será mi caballo –gritó Isidro Galavís.
Primero llegó el canto de los pájaros, luego su vuelo y después el cielo rosado del amanecer. Más tarde, las mulas y los indios pujaban agobiados por la carga. La silla del caballo Espuma fue acomodada en las espaldas de Sebastián Aroca. Isidro Galavís montó sobre el hombre y abrió la marcha. Al mediodía hicieron un alto para consumir la magra ración de carne seca y panela.
Un joven de nombre Tocuaví se acercó a Sebastián y le ofreció una porción de tasajo. Isidro Galavís de un manotazó tiró al suelo el alimento y exclamó:
-¿Qué está haciendo? ¿No sabe que éste es mi caballo y que los caballos no comen carne?
El potentado ató una soga al cuello de Sebastián y lo condujo a un lugar cubierto por el pasto.
-Coma, ese es su alimento -dijo Galavís.
El indio permaneció inmóvil. Galavís desenfundó su sable. El arma brilló con tal intensidad que parecía un chillido.
-He dicho que usted es mi caballo –exclamó Galavís-. Por eso lo he traído a este lugar en el que crece la hierba fresca. Ese es su alimento. No se podrá quejar, ésta es una buena comida para bestias de carga y silla. Le ordeno que coma.
El indio se agachó y muy despacio empezó a arrancar el pasto con los dientes.
El viaje se estiraba entre el tiempo y la ascensión a las lejanas montañas. Sebastián Aroca sin dejar de llevar sobre los lomos a Isidro Galavís, comenzó a cambiar. Primero se traansformaron sus ojos. Parecía que se habían agrandado. Luego su cara se alargó, como si buscara el perfil del caballo. Una mañana relinchó. El joven Tocuaví, al escucharlo, se cubrió la cara con las manos para ocultar el llanto.
Con el paso de los días, el indio Aroca continuó trotando en su transformación. Avanzaba como un buen animal de paso, comía a gusto de la hierba y relinchaba con frecuencia. Cuando llegaron a lo alto del páramo Sebastián Aroca era un caballo perfecto. En el momento en el que cruzaban un bosque de frailejones, Isidro Galavís –jinete de Sebastián Aroca- le haló la rienda para obligarlo a pasar por la pedregosa ribera de un río congelado. Aroca se negó. Galavís le dio de latigazos. Aroca se inmovilizó. Galavís le hundió las espuelas en los costados. Aroca se encabritó, tiró a su jinete y lo destrozó a coces. Mientras Isidro Galavís se convertía en un yerto despojo, Sebastián Aroca, poco a poco, recuperaba su presencia de hombre.
[1] Del texto "Historia y Nomeolvides". La Metamorfosis.