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viernes, 25 de diciembre de 2009

EL REGALO - Ray Bradbury -


Mañana sería Navidad, y aún mientras viajaban los tres hacia el campo de cohetes, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo por el espacio del niño, su primer viaje en cohete, y deseaban que todo estuviese bien. Cuando en el despacho de la aduana los obligaron a dejar el regalo, que excedía el peso límite en no más de unos pocos kilos, y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban la fiesta y el cariño.


El niño los esperaba en el cuarto terminal. Los padres fueron allá, murmurando luego de la discusión inútil con los oficiales interplanetarios.

-¿Qué haremos?

-Nada, nada. ¿Qué podemos hacer?


-¡Qué reglamentos absurdos!


-¡Y tanto que deseaba el árbol!


La sirena aulló y la gente se precipitó al cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar, y el niño entre ellos, pálido y silencioso.


-Ya se me ocurrirá algo - dijo el padre.


-¿Qué?... - preguntó el niño.


Y el cohete despegó y se lanzaron hacia arriba en el espacio oscuro. El cohete se movió y dejó atrás una estela de fuego, y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, subiendo a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea, según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:


-Quiero mirar por el ojo de buey.

Había un único ojo de buey, una "ventana" bastante amplia, de vidrio
tremendamente grueso, en la cubierta superior.

-Todavía no - dijo el padre.

-Te llevaré más tarde.


-Quiero ver donde estamos y adonde vamos.


-Quiero que esperes por un motivo - dijo el padre.


El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y otro, pensando en el regalo abandonado, el problema de la fiesta, el árbol perdido y las velas blancas. Al fin, sentándose, hacía apenas cinco minutos, creyó haber encontrado un plan. Si lograba llevarlo a cabo este viaje sería en verdad feliz y maravilloso.


-Hijo - dijo -, dentro de media hora, exactamente, será Navidad.


-Oh- dijo la madre consternada. Había esperado que, de algún modo, el niño olvidaría.


El rostro del niño se encendió. Le temblaron los labios.


-Ya lo sé, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron...


-Sí, sí, todo eso y mucho más- dijo el padre.


-Pero... - empezó a decir la madre.


-Sí- dijo el padre - Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo enseguida.


Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.


-Ya es casi la hora.


-¿Puedo tener tu reloj? - preguntó el niño.


Le dieron el reloj y el niño sostuvo el metal entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el movimiento insensible.


-¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?


-A eso vamos - dijo el padre y tomó al niño por el hombro.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La
madre los seguía.

-No entiendo.


-Ya entenderás. Hemos llegado - dijo el padre.


Se detuvieron frente a la puerta cerrada de una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, en código. La puerta se abrió y la luz llegó desde la cabina y se oyó un murmullo de voces.


-Entra, hijo - dijo el padre.

-Está oscuro.

-Te llevaré de la mano. Entra, mamá.


Entraron en el cuarto y la puerta se cerró, y el cuarto estaba, en verdad, muy oscuro. Y ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, ojo de buey, una ventana de un metro y medio de alto y dos metros de ancho, por la que podían ver el espacio.


El niño se quedó sin aliento.


Detrás, el padre y la madre se quedaron también sin aliento, y entonces en la oscuridad del cuarto varias personas se pusieron a cantar.


-Feliz Navidad, hijo - dijo el padre.

Y las voces en el cuarto cantaban los viejos, familiares villancicos; y el
niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el vidrio frío del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, mirando simplemente el espacio, la noche profunda, y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas...

BRADBURY, Ray. El regalo. Cuento.

sábado, 26 de septiembre de 2009

TUS HUELLAS



Tus huellas, impactan en el silencio del alma,
estremecen el interior
de la conciencia en el constante
peregrinar del pensamiento.
Las peregrinas huellas suavizan
la sensibilidad de los sentimientos
en mudas palabras que proyectan la magia
de la fantasía en un esbelto cuerpo celeste,
dulce compañía al amanecer...

¡Qué ilusión se encamina hacia el lecho
vacío y frío de un nuevo día!

Tus pensamientos son una fuerza imaginaria,
perspectiva de un camino en la montaña,
vaivén de una ondulación corporal,
imagen reluciente de un símbolo de luz
en el laberinto de la vida, encrucijada del árbol
que sombrea su imagen escuchando
el silencio de la noche que ofrece
el cuerpo con sus ramas
para ascender al césped vivencial
de una ensoñación al amanecer...

¡Qué ilusión se permea en la fatiga
al oír llorar el árbol pensante!

Me pregunto si todo árbol pensante
puede escuchar el sonido de la naturaleza
y la vibración del alma, cuando recorre
la fúlgida noche y busca la paz interior...

¡Qué tristeza el árbol pensante no
ha dejado huellas en su caminar!

Por Luis I. Rodríguez

martes, 1 de septiembre de 2009

LA SOMBRA DEL ÁRBOL


El carácter es como un árbol,

y la reputación como su sombra,

el árbol es la verdadera cosa,

la sombra lo que pensamos de él.

Anónimo


El hombre ignoraba en el olor de campo

la fresca brisa matinal, el trinar de los pájaros,

el ruido del arroyo que corre entre las venas,

el agua que corre presurosa por entre las piedras, el árbol que sacude sus ramas al paso de un viento melancólico, la piedra que descansa a la vera del camino esperando la visita de un ermitaño cansado y meditabundo que se acerca para palpar su frivolidad, la hierba que se levanta temblorosa al sentir la presencia de un invasor,

una rama desconoce sus cabellos desolados en el frío suelo, un insecto palpa una sentencia de llanto encerrado en la oscuridad.

El agua esparcía su esencia entre los dedos y el viento sonreía en los labios de cristal palabras cuyas melodías se extendían en versos llenos

de musgos empapados de pensamientos sueltos que se encendían como las aristas de una azucena de sentimientos floreciendo al tenor de una ensoñación en el umbral del horizonte.

El árbol clamó piedad ante tanta soledad,

y en sus ramas habían peregrinos

cantores de vida alegrando al dueño de su sombra, y la sombra se encerró en el tiempo

esperando el canto de los inocentes que en su nido germinaron cual semilla de vida proyectada

en el aire de pensamientos en el alba.

Los rayos del sol estremecieron el ambiente,

la sombra del árbol recobró sentido y

el arroyo cristalino calentó el espacio de vida

en el claro del bosque, un pensamiento recobró el espíritu inspirador

del hombre que ignoraba su ser dialogal...


Por Luis I. Rodríguez

domingo, 30 de agosto de 2009

DESILUSIÓN...

Escuché el eco de tu voz silenciosa y pensativa

como la luna en el firmamento...

Sentí miedo, corrí con el pensamiento,

no estabas allí...

Temblé al instante como el viejo árbol

golpeado por el impaciente rayo...

Una potente luz me arrojó,

caí de bruces como un niño,

una gota de agua me reanimó,

caminaba en mi angustia existencial...

Me sentí desprotegido, abatido,

la lluvia me abrazaba y consolaba,

la naturaleza castigaba al destructor,

al ciego vivo de corazón...

El agua corría a borbotares por el cuerpo

dispuesta a castigar al hombre,

una luz en la oscuridad,

una razón en la sinrazón...

El eco continuó taladrando en la mente

preguntando por el sentido y

la respuesta fue un soplo de sinsentido...

Me incorporé por un instante,

mi carne temblaba como el alma,

desorientado me aferré al árbol

de la vida que lloraba como niño

la pérdida de su savia...

Las ramas se secaron,

los pensamientos se quemaron,

quedó brillando la imagen de una desilusión...

Por Luis I. Rodríguez

jueves, 27 de agosto de 2009

HOJA DE VIDA...



El austro acarició mis sentimientos,
suavizó el reflejo de una ilusión naciente
de aquel árbol sediento de sabiduría.
Las ramas se mecían silenciosas,
abrumadas por la calma natural,
un impulso extraño arrebató la ansiedad,
un abrumador suspiro me interrogó,
lentamente recobré el aliento.
Enmudecí al instante,
observando el ambiente
una hoja cayó sobre mi ser,
temblando surcaba mi horizonte,
iba y venía, mas no la pude asir,
el reflejo de su envés me inquietó,
su pasión derramó el verdor esperanza
de la substancia real en mi propio ser.
La hojarasca permanecía inquieta y
y el haz me invitaba a seguir su huella,
su lejanía reverdeció en mi mente,
el aire estremeció el valor del
silencio en el interior del ser.
Una hoja de vida sigue luchando
por no perder el valor de su esencia
en un mundo lleno de superficialidad.


Por Luis I. Rodríguez

jueves, 16 de julio de 2009

ÁRBOL DE MI ALMA - José Martí -


Como un ave que cruza el aire claro
siento hacia mí venir tu pensamiento
y acá en mi corazón hacer su nido.
Ábrese el alma en flor: tiemblan sus ramas
como los labios frescos de un mancebo
en su primer abrazo a una hermosura:
cuchichean las hojas: tal parecen
lenguaraces obreras y envidiosas,
a la doncella de la casa rica
en preparar el tálamo ocupadas:
ancho es mi corazón, y es todo tuyo:
todo lo triste cabe en él, y todo
cuanto en el mundo llora, y sufre, y muere!
De hojas secas, y polvo, y derruidas
ramas lo limpio: bruño con cuidado
cada hoja, y los tallos: de las flores
los gusanos del pétalo comido
separo: oreo el césped en contorno
y a recibirte, oh pájaro sin mancha
apresto el corazón enajenado!

MARTÍ, José. árbol de mi alma. Poesía.

sábado, 4 de julio de 2009

ERA EL ALBA -José María Eguren -





Era el alba,
cuando las gotas de sangre en el olmo
exhalaban tristísima luz.

Los amores
de la chinesca tarde fenecieron
nublados en la música azul.

Vagas rosas
ocultan en ensueño blanquecino,
señales de muriente dolor.

Y tus ojos
el fantasma de la noche olvidaron,
abiertos a la joven canción.

Es el alba;
hay una sangre bermeja en el olmo
y un rencor doliente en el jardín.

Gime el bosque,
y en la bruma hay rostros desconocidos
que contemplan el árbol morir.

EGUREN, José María. Era el alba. Poesía.

viernes, 19 de junio de 2009

MIENTRAS TÚ ARDAS JUNTO AL MAR -Roberto Fernández Retamar -


Mientras tú ardas junto al mar,
Fuego,
Mientras levantes tu columna viva, dorada, real,
Fuego,
Mientras, como un árbol, crezcas en medio de la noche,
alegrándola,
Fuego,
El amor vivirá, el amor tendrá sentido, la vida vivirá,
Fuego nuestro, pájaro inmortal volando sobre las aguas
amargas y profundas del mar.


FERNÁNDEZ R., Roberto. Mientras tú ardas junto al mar. Poema.