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martes, 1 de septiembre de 2009

LA SOMBRA DEL ÁRBOL


El carácter es como un árbol,

y la reputación como su sombra,

el árbol es la verdadera cosa,

la sombra lo que pensamos de él.

Anónimo


El hombre ignoraba en el olor de campo

la fresca brisa matinal, el trinar de los pájaros,

el ruido del arroyo que corre entre las venas,

el agua que corre presurosa por entre las piedras, el árbol que sacude sus ramas al paso de un viento melancólico, la piedra que descansa a la vera del camino esperando la visita de un ermitaño cansado y meditabundo que se acerca para palpar su frivolidad, la hierba que se levanta temblorosa al sentir la presencia de un invasor,

una rama desconoce sus cabellos desolados en el frío suelo, un insecto palpa una sentencia de llanto encerrado en la oscuridad.

El agua esparcía su esencia entre los dedos y el viento sonreía en los labios de cristal palabras cuyas melodías se extendían en versos llenos

de musgos empapados de pensamientos sueltos que se encendían como las aristas de una azucena de sentimientos floreciendo al tenor de una ensoñación en el umbral del horizonte.

El árbol clamó piedad ante tanta soledad,

y en sus ramas habían peregrinos

cantores de vida alegrando al dueño de su sombra, y la sombra se encerró en el tiempo

esperando el canto de los inocentes que en su nido germinaron cual semilla de vida proyectada

en el aire de pensamientos en el alba.

Los rayos del sol estremecieron el ambiente,

la sombra del árbol recobró sentido y

el arroyo cristalino calentó el espacio de vida

en el claro del bosque, un pensamiento recobró el espíritu inspirador

del hombre que ignoraba su ser dialogal...


Por Luis I. Rodríguez

jueves, 18 de junio de 2009

EL SEXO DE LOS ÁNGELES - Mario Benedetti -


Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor, quizá signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.


Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos (por la mera razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir con las adecuadas.

Así, cada vez que Angel y Angela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.

Y si Angel, para abrir el fuego, dice: "Semilla", Angela, para atizarlo, responde: "Surco". El dice: "Alud" y ella, tiernamente: "Abismo".

Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.

Angel dice: "Madero". Y Angela: "Caverna".

Aletean por ahí un Angel de la Guarda, misógino y silente, y un Angel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.

El dice: "Manantial". Y ella: "Cuenca".

Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá, entre cristales de nieve, circulan el aire y su expectativa.

Angel dice: "Estoque", y Angela, radiante: "Herida". El dice: "Tañido", y ella: "Rebato".

Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos, se estremecen, tremolan, estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.

BENEDETTI, Mario. El sexo de los árboles. Cuento.

martes, 26 de mayo de 2009

FACETAS...



El mundo expresa el encanto cotidiano
en nocturnal y celestial palacio.
Una semilla despierta en el desierto,
un hombre lamenta el triste infortunio.

Un naciente balbucea presuroso en gemidos,
el eco ondea en potente giro.
Un grito angustioso corre el velo,
una mariposa yace aleteando en el jardín.

El infante juega al unísono fantástico,
un imaginario llena la absorbente vacuidad.
La palabra hacedora de cuentos e historias
vibra en imagen viva de lozana realidad.

El mundo en misterioso espanto
arrebata el señorial encuentro de los dos.
La poesía eterniza el valor de la vida,
de fundamentos hacia el misterioso infinito.

El hombre trasciende la anhelante inmensidad
en el enigma de escénica construcción.
La vida teatral hace tiritar de frío
a aquel espectador inteligente.

La creación brota majestuosa y radiante
de poderosa Inteligencia presente,
infausto aquel intrascendente ser
embrujado por la tragedia y el caos.

Por Luis I. Rodiguez