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jueves, 14 de enero de 2010

CABELLOS RIZADOS EN LA SOLEDAD - cuento breve -


La luna extiende su cabellera rizada en el firmamento. Sus rayos penetran solemnes la naturaleza. El hombre en su penumbra sueña instantes de vida nocturnal. El amor a la naturaleza extiende sus brazos y una voz femenina retumba en su ser. La imagen de la mujer ignora un pensamiento y huye en el silencio de su soledad.

El hombre sale en su búsqueda. Los árboles son la compañía de la mujer. Ella se esconde. Cada tronco parece ser una tenue figura. La ilusión se apodera y el canto de la brisa calma al perseguidor. Las gotas de sudor caen por su rostro. Un frío penetrante recorre su cuerpo. La imagen lo abraza y un grito embrujador se escucha.

El hombre despierta desconsolado. Una hermosa mujer está secando el sudor y dándole un vaso con agua. Presuroso el hombre la abraza y decepcionado descubre aquellos cabellos rizados en la soledad...

Por Luis I. Rodríguez

viernes, 21 de agosto de 2009

EL FILÓSOFO - Nicolás Suescún -


Está el filósofo en la foto
en blanco y negro
contra un fondo de árboles
con grandes flores blancas,
o bajo un cielo poblado
de enormes estrellas?
¿Y está él iluminado,
muy blanca su camisa
y su mata de pelo,
por el sol, o bajo la luz,
muy blanca, de la luna?
¿Y qué esta explicando
con esa mano fuerte, levantada?
¿Acaso que la realidad
tiene dos o más explicaciones
pero es una misma realidad?
Pues solo la foto, y él la explica
sin darse cuenta
—su trabajo es explicar
incansablemente
el ser y el mundo—
nos demuestra
que la luz de la luna
es la misma —reflejada—
luz del sol, que la ilumina.

SUESCÚN, Nicolás. El filósofo. Poema.

miércoles, 19 de agosto de 2009

MUSGOS - Diego Uribe -


De pocos años ellos, de pocos años ella,
son cuatro, y al mirarlos de cerca se adivina
que en esos rostros pálidos el sol dejó sus huellas,
y en esos pies la punzadora espina.

Treparon de los montes por las tendidas faldas,
salvaron los abismos, rodearon las laderas,
y luego descendieron trayendo a las espaldas
el musgo de los riscos y flores montañeras.

Así miré a los niños con la pesada carga
sobre su espalda débil al declinar el día,
con los harapos húmedos y la sonrisa amarga
parados en la puerta de la floristería.

Detuve el paso: el viento, selváticos aromas
al esparcir me dijo de las tupidas breñas,
de los gigantes árboles, de las tendidas lomas,
de las casitas blancas sobre las altas peñas.

Me dijo de las chozas que oculta la espesura,
de los peligros serios cuando se encrespa el río,
de las tormentas sordas y de la noche oscura,
del viento, de la lluvia, del ábrego, y del frío.

Y me hizo ver el cielo de vastos horizontes,
y bajo un sol radiante que sus fulgores riega,
con los cansados niños que luchan en los montes,
la turba de los niños que entre los parques juega.

Y dije al ver perderse la frágil caravana
en la penumbra vaga del horizonte oscuro:
¡qué lote tan amargo para su edad temprana!
son todavía muy niños para luchar tan duro.

Desde esa tarde, siempre que en la bullente fiesta,
en profusión se mezclan perfumes y colores,
con las vibrantes notas de la sonora orquesta,
y el verde gris del musgo con las pintadas flores.

O en el banquete regio, cuando la risa asoma
y tiñe de topacio las copas el champaña,
penetrante me llega algún aroma y
aislado de musgos de los riscos y flores de montaña.

Oh, vuelvo a ver los niños con la pesada carga
sobre su espalda débil al declinar el día,
con los harapos húmedos y la sonrisa amarga
parados en la puerta de la floristería.

URIBE, Diego. Musgos. Poema.

lunes, 10 de agosto de 2009

LLUVIA SILENCIOSA




La lluvia silenciosa se refleja en mi espejo
y corre presurosa en la límpida piel,
cae misteriosa y sigilosa con la brisa
en los bosques del alma entristecida
como aquella espuma del cristal
decidida a limpiar el interior
de un fugitivo manantial humano que
lamenta el idilio natural en
las rupestres paredes del silencio...
Parece despertar al indefenso y pensativo
en el río caudaloso de la tristeza,
un grito retumba en la noche borrascosa
llamando un pensamiento fugaz,
los pájaros volaron de los árboles,
silenciosos y asustados...
Y el espíritu escucha la voz
del silencio con nubarrones de agonía.
Se pregunta aquel absorto peregrino
de la noche por la luz en la penumbra
y un frío recorre el cuerpo húmedo
del espíritu de la naturaleza
en la vivacidad armoniosa
de la floración de un sentimiento...

La brisa danza un torbellino de ilusión
al vaivén de la serena noche, un manjar de vida...

Por Luis I. Rodríguez

martes, 21 de abril de 2009

EL SALMO DE LOS ÁRBOLES -Jorge Rojas-



Si quieres acercarte más a mi corazón

rodea tu casa de árboles.

Y sentirás el júbilo de la flor incipiente

mientras menos lograda más lejos de la muerte.

Escucharás las cosas pequeñas que yo escucho

cuando cae la tristeza sobre los campos húmedos.

El grillo que devana su pequeña madeja

de soledad y extiende su música en la hierba.

Y verá tu pupila la aventura del vuelo,

la fatiga del ala bajo el plumaje trémulo.

Planta delgados álamos, donde sus sombras midan

el césped silencioso y el agua cantarina,

y el quieto surtidor verde de los saúces

para que la tristeza caiga en tus ojos dulces.

El huso de los pinos donde la sombra crece

que hile la blandura de los atardeceres.

Y cuando esté maduro el silencio del bosque

pártelo como un fruto, pronunciando mi nombre.

Que sostengan los árboles la lluvia entre sus ramas

con la misma dulzura con que se toca un arpa.

Y hasta en la oscura noche, cada tallo en aroma

te entregue la delicia de las futuras pomas.

Y las redondas bayas —madurez y deseo—

pendan de los flexibles gajos de los ciruelos.

Y decoren de plata sus hojas las acacias

como si amaneciera la luna entre las ramas.

Que la flor del magnolio, al alto mediodía,

un loto te recuerde bajo la luz tranquila.

Y la savia palpite si grabas en los robles

el contorno perfecto de nuestros corazones.

El laurel, aun sin frente que aprisionar, recuerde

a tus manos la ausente materia de mis sienes.

Y el mimbre que se doble tierno sobre el estanque

como si en él quisiera ver el vuelo de un ave.

Despertarán entonces al vaivén de las ramas

más pájaros que cantos caben en la mañana.

Y la luz será lira sostenida en el aire,

iniciación del alba, límite de la tarde.

Acércate al rumor del viento entre los árboles,

amada, y sentirás el rumor de mi sangre.

Por ROJAS, Jorge. El salmo de los árboles.